Observando el comportamiento de los machos en la mayoría de las especies del reino animal, incluidos los humanos, llego a entender -seguro que más tarde que otros eruditos- las razones por las cuales la mujer es superior al hombre. Se cuentan por miles las especies animales en las que los machos solventan sus diferencias -generalmente destinadas al apareamiento- mediante cruentos combates mientras las hembras esperan pacientemente a que uno de ellos resulte victorioso e inicie el cortejo que lleve a la procreación. Este comportamiento animal, aunque un poco más refinado, se ha mantenido en el ser humano hasta hace relativamente pocos años ya que, incluso en el pasado siglo XX, los duelos a muerte servían para dirimir las cuitas amorosas.

Es probable, entonces, que biológicamente el macho humano esté destinado a hacer uso de la inteligencia como segunda opción para la resolución de sus conflictos mientras que en los individuos humanos de sexo femenino el intelecto es la opción preferente.

Acudamos a paralelismos. Imaginemos dos ciervos golpeando sus cornamentas para dirimir cuál de ellos será el que se aparee con la hembra en celos. ¿En qué se diferencian de esos dos hombres que sacan pecho y se agarran de la camisa porque uno de ellos ha mirado de reojo a su pareja? ¿Acaso no es más frecuente presenciar descargas de agresividad protagonizadas por hombres que por mujeres en simples discusiones de tráfico?

 

 

Esta misma tendencia a la confrontación violenta la he podido comprobar en la evolución de mis tres hijos: dos hembras y un varón. De ellos, sólo el menor desarrolló durante una cierta fase de su infancia alguna atracción hacia programas televisivos que emitían combates de deportes violentos mientras que las dos niñas sólo mostraban alguna proclividad a métodos agresivos en episodios de confrontación entre representantes del bien y el mal.

Observando todo este tipo de comportamientos es por lo que creo que, en términos generales, al hombre le cuesta más recurrir a la inteligencia como método de resolución de conflictos. Por contra, para la mujer es su primer recurso. Para no admitir la superioridad intelectual de la mujer, la sociedad machista ha acuñado, entonces, determinados mitos y tópicos sobre el uso de supuestas malas artes por parte de las mujeres en los casos de confrontación. Es frecuente, por tanto, escuchar que una mujer es una harpía o una ‘víbora’, e incluso denostarla por urdir estrategias para lograr sus propósitos, lo cual denota una extraordinaria envidia por la incapacidad masculina para obrar del mismo modo.

Personalmente, ya me gustaría que la proporción de hombres que excluye la agresividad para resolver conflictos fuera superior a la actual, aunque hay que admitir que hoy día es superior a la de siglos atrás.

 

Manuel Vicente Periodista de prensa escrita y radio desde hace casi 30 años, especializado en información política y económica. Comenzó su carrera profesional en RNE y El Correo de Andalucía. Ha sido director-fundador de los diarios La Voz de Huelva y Estadio Deportivo y, desde hace 20 años, trabaja en Canal Sur, donde ha desempeñado labores de dirección de espacios informativos Ha participado en la redacción de diversas publicaciones y libros, principalmente de carácter político, y es Premio Andalucía de Periodismo por su colaboración en el programa de radio de Canal Sur, La Memoria, dedicado a la memoria histórica

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