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Sabina. La mujer que quería morir en paz. Mujeres Valientes

 

Encantada de poder dirigirme de nuevo a todas vosotras. Para esta segunda entrada, he elegido uno de los casos que más me han dolido. Y sí, digo que me ha dolido, así, a boca llena, porque para nuestro despacho (Mateos y Huelga Abogados), lo primero siempre son las personas. No es ya que detrás de cada caso haya una persona, es que son para nosotras lo primero. Reconozco que, tal vez de una manera egoísta, he escogido este caso porque, en cierto modo, necesito contarlo, y descargarme un poco de lo que hemos sufrido trabajando en él.

La protagonista de nuestra historia de hoy es, cómo no, una mujer. Y es una mujer corriente, de las que podemos cruzarnos todos los días, de las que todos conocemos, y de las que todos, probablemente, tenemos alguna cerca. Para protegerla, vamos a llamarla Sabina.

Sabina es un mujer que tiene ya bien entrada la madurez en su vida. Sus hijos ya han crecido, el más pequeño roza la mayoría de edad, y dicen abiertamente que no serían lo que son si su madre no hubiera sido como es.

Y es que Sabina ha dedicado su vida a su familia. Sí, ya sé que hoy en día, en ciertos círculos ser ama de casa se considera “pasado de moda”, es algo que parece que debe superarse, pero debemos colocarnos en el tiempo y en el espacio de esta mujer que hoy os traigo.

Como digo, Sabina ha estado siempre al servicio de sus hijos, y no sé si decir en mayor parte, al servicio de su marido. Él, al que llamaremos Ramón, es empleado de banca, lo ha sido siempre, y es uno de esos hombres que no sabe poner una lavadora, y no ha fregado un plato en su vida. Llevan 30 años casados, y de alguna manera, al contraer matrimonio, ellos llegaron al acuerdo de que él se iría a trabajar y ella se quedaría en casa cuidando de los hijos, y de todo lo que eso conlleva.

Ramón ha pasado siempre poco tiempo en casa, debido a su trabajo, pasando incluso algunas épocas fuera, y cuando estaba, por lo general tenía siempre ganas de descansar, así que, a efectos prácticos, era siempre Sabina la que tiraba del carro con todo lo que no fuera traer dinero a casa. Llevar a los niños al cole, al médico, los deberes, las extraescolares, bañarlos, prepararles la comida; y por supuesto, todo lo relativo a las tareas del hogar, era cosa exclusiva de Sabina. Pero ella, a pesar de esto, ha sido siempre feliz con su marido, tanto que, incluso en el momento de divorciarse, el dolor apreciado en ella ha sido tan hondo que traspasaba el espacio físico entre los que la rodeábamos.

Pues bien, hace un tiempo, Sabina empieza a encontrarse mal, por lo que acude a que le realicen una serie de pruebas médicas, siendo finalmente diagnosticada de una enfermedad terminal. El mazazo es brutal, dado que ahora que tenía a sus hijos ya mayores, y volvía a encontrar un poco de tiempo para ella misma, se da cuenta de que, de repente, le han puesto fecha de caducidad, y ve cómo su calidad de vida va mermando paulatinamente.

A raíz de su enfermedad, y a pesar de que Sabina es una guerrera, tiene altibajos en los que necesita delegar un poco en su pareja, dado que hay tareas que poco a poco se le hacen muy cuesta arriba. Y aquí llega el punto de inflexión del matrimonio. Porque cuando Ramón ve que su mujer ya no puede hacerse cargo de todo como antes, empieza a decir que se está agobiando, que él no puede con la presión. Comiezan las tensiones en la pareja, y es que, cuando se necesita que él arrime el hombro, y después de todos los cuidados que su esposa ha dedicado a su familia, él mantiene que no está dispuesto al cambio de roles. Así que, en lugar de arrimar el hombro, es el primero en abandonar el barco.

Y lo hace literalmente, se va de casa, se busca rápidamente otra pareja que le haga los cuidados básicos del hogar (se ve que para él las mujeres son simples criadas, por no decir otra cosa), y plantea una demanda de divorcio. Pero no es sólo eso, es que plantea una demanda en la que pretende, a grandes rasgos: que Sabina abandone la casa (la quiere para él), que deje el coche, teniendo él otro más nuevo y caro (que por otra parte Sabina necesita para ir al hospital a recibir sus tratamientos), quitarle la custodia del único hijo menor, y no darle un duro, en concepto de nada. Por decirlo de una manera clara, pretende darle una patada y que se vaya a morirse a otra parte. Y consigue que un abogado le haga una demanda en ese sentido.

Evidentemente contestamos a la demanda oponiéndonos en todo punto. Pero es que la historia no acaba aquí. Es que en el Juzgado, al que acude uno a buscar Justicia, tampoco recibe un mejor trato. No quiero ahora hacer una radiografía completa de lo que falta en la administración de Justicia para ser eficaz, pero de alguna manera siento que tengo que quejarme, por ella, y por todas las personas que se esconden detrás de todos esos expedientes que se acumulan en las estanterías de los Juzgados; porque no son sólo un número de expediente, y no son sólo clientes para los abogados (al menos para mí); son personas, y como tales deben ser tratadas.

Resulta que ese día, en el Juzgado se había decidido que no se iba a celebrar juicio alguno, por lo que nos conminaron a todos los letrados a que llegáramos a un acuerdo en nuestros respectivos asuntos, bajo la, por llamarlo de alguna manera, recomendación, de que en caso contrario tendría que decidir su Señoría y sería peor para todas las partes. Así que la letrada contraria y yo entramos en sala para tener un primer contacto con Juez y Fiscal. Y llega aquí la sorpresa mayor, porque la letrada indica que ellos no van a desistir de su petición con respecto a la custodia del hijo menor, por una cuestión meramente económica, y es que él no quiere abonar nada a su esposa. Y a pesar de soltarlo así, a bocajarro, el fiscal propone que pactemos como mínimo una custodia compartida.

De nada vale que el hijo sobre el que tratábamos estuviera en la puerta de la sala esperando a ser escuchado, pues mantiene abiertamente que es con su madre con quien quiere estar. Entonces indico que de acuerdo nada, que vamos a celebrar juicio porque es inaudito que alguien juegue con su hijo sólo por un tema económico; que él nunca ha cuidado de su hijo (no sabe ni en qué centro estudia), y que no podemos acabar de destrozar la vida de Sabina, que no sabría encajar en su situación no tener a su hijo bajo su techo.

Pero la cosa no acaba aquí. Es que el fiscal me indica que se va a oponer también a nuestra petición de pensión compensatoria porque Sabina aún es joven y no sabemos lo que va a pasar el día de mañana. Entenderéis que ante esto, tengo que rebelarme y aunque no suelo hacerlo, empiezo a elevar la voz, y a en cierta manera, a perder las formas. “Cómo no vamos a saber lo que va a pasar el día de mañana, si esta mujer tiene una enfermedad terminal. Pues mire usted, si quiere se lo digo yo, mañana va a estar muerta. Gracias a Dios que en ese momento, interviene su señoría poniendo orden en el asunto, y dándome parcialmente la razón, indicando que efectivamente, Sabina debe tener una pensión compensatoria, al menos hasta que pueda acceder a una incapacidad con la que ir tirando. Quiero dar un dato, llegados a este punto, y es que Ramón tiene un salario que oscila entre los 2700 y los 3500 euros.

Pues bien, salimos de sala para intentar pactar. En los pasillos del Juzgado empieza a caldearse el ambiente, pues los dos hijos del matrimonio, deciden acercarse a hablar con su padre, para indicarle que les parece increíble el trato que le está dando a su madre, y que no los puede dejar así. La respuesta del padre no tuvo desperdicio, y me voy a ahorrar contarla al completo. Os remitiré sólo las dos frases estrella: “a mí vuestra madre, y ustedes, me importáis un carajo”, y la no menos fantástica “yo, cobre lo que cobre, a esa zorra no le doy un duro”.

Evidentemente, no consigue lo que quiere, y finalmente Sabina, no tendrá que abandonar su casa (que además tendrá que pagar él), y no perderá a su hijo menor, teniendo además una cantidad de dinero que, aunque ridícula, le permitirá tener cierta tranquilidad en la última etapa de su vida.

Es por ello que quiero hacer una reflexión. Y es que, en temas de justicia, difícilmente podremos estar a favor o en contra de algo, al menos tajantemente. Cuando hablamos de temas como la custodia compartida (a la que yo suelo ser favorable), o las pensiones compensatorias, todos tenemos una idea preconcebida al respecto, pero ello no debe llevarnos a querer aplicarlo a todos los casos, y en todas las circunstancias.

Porque, en otro escenario, si Sabina hubiera sido una mujer sana y joven, probablemente yo le hubiera indicado que, a pesar de lo bien que lo gana su ex, ahora ella tiene que hacerse a la idea de que su vida es algo de lo que sólo ella debe hacerse cargo, y que en el mejor de los casos, sólo podría pedirse una compensatoria en tanto en cuanto ella pueda acceder a un empleo. Pero Sabina sólo quería morir tranquila, y rodeada de su familia, al menos, de la que le quedaba tras el abandono sufrido.

Desde nuestro despacho, sólo podemos esperar que Sabina tenga un final tranquilo, rodeada de sus hijos; y queremos devolverle el agradecimiento. Porque, a pesar de que Sabina nos agradeció el trato tan humano que le hemos dado, somos nosotras las que tenemos que agradecerle a ella; no sólo la confianza depositada, sino el simple hecho de haberse cruzado en nuestra vida. Porque hay personas que, con sus historias, te remueven los pilares de la conciencia, y sin duda, Sabina es uno de esos casos.

Estamos encantadas de haberte conocido, y queremos que sepas que has sido un ejemplo de lucha y de humanidad que siempre recordaremos.

Tamara Huelga es socia del Despacho de Abogados, Mateos y Huelga Abogados. Un despacho multidisciplinar, que comparte con la también colaboradora de Mujeres Valientes, Mª José Mateos y que especializado, principalmente, en Derecho Pena, Laboral, Civil y Bancario, y que cuenta con oficina en el Puerto de Santa María y en Cádiz.

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