A veces la encuentro sentada en la cocina, con los codos apoyados en la mesa y la cabeza descansando  entre las manos.

No es difícil saber en qué divaga su mente, cuáles son sus pensamientos. Con toda seguridad éstos volaran al pasado,  un tiempo donde existían  razones más que suficientes para vivir, para soñar, para creer en el futuro.

En el ahora de hoy todo se diluye en una eterna tristeza, agazapada entre las actividades rutinarias y tamizada por un cierto aplomo de desgana en lucha constante contra el quehacer.

No se le puede reprochar nada, no existen  palabras para paliar su dolor. Cuando te atreves a entrar en su mundo sólo encuentras un esbozo de ternura que te hace presagiar un diálogo dramático.

Cuando a una mujer se le muere un padre o una madre, esta queda huérfana. Cuando a una mujer se le muere su marido, esta queda viuda. Pero: ¿qué término se utiliza para definir lo que queda de una mujer cuando pierde un hijo?

Nadie se ha atrevido a ponerle nombre a tal estado de vacío insondable.

Ella ha perdido dos, dos de sus cinco hijos.

Es por ello que muy a menudo la encuentro perdida entre recuerdos, apenada mientras revive en su memoria escenas del ayer que se disuelven como brumas en este aterrador presente en el que ha de sobrevivir sin ellos, sin esos dos resortes que partieron hacia el más allá.

Ella nunca será portada de ninguna revista. Su nombre no será conocido. Nunca tendrá un hueco entre quienes hicieron algo grande. Sin embargo,  es una gran mujer, valiente, sobrada de canas y aun en la vejez portadora de fuerza para llegar hasta otros y dedicarles una mirada sincera y cordial plagada de esperanza. 

Ella, es una mujer que pese a las adversidades; angostas y crueles, sabe prescindir de las lágrimas y exponer su sabiduría para que otros beban de ella.

La miro con envidia y admiración, rasgando  el silencio para dedicarle estas palabras, frases escuetas, torpes,  que esbozan  el amor que le profeso.

Sé que existen mujeres que al igual que ella pelean cada mañana contra el cruel adversario de la tristeza y que haciendo de tripas corazón saben sacar una sonrisa franca y pura que nos permiten, a quienes vivimos ligeros de equipaje,   seguir creyendo en el mañana, en los sueños, en la humanidad del ser humano. Ellas son  luchadoras anónimas tocadas por un halo de luz divina que  dulcemente acarician las asperezas con manos prestar al derroche.

 A  Rosario

Yolanda Tamaya es escritora y ha publicado una recopilación de sus artículos “Para que no te duermas”, y colabora en diversas revistas

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